El gol de espárrago

Altura  10,5.


De la mañana a la noche, la pelota. En el campito. Eso era lo nuestro.

Según la época, casi todos los santos días. Hasta teníamos agujas de colchonero, esas curvas, para coser los gomos de cuero, porque a veces la pobre no aguantaba más y se descosía. Eso era complicado porque eran aquellas de “piripicho” que tenían un agujero por donde se podía sacar la cámara y dar vuelta el cuero como un calcetín, para poder arreglarla con piola de cometa bien encerada. Y, aguantaba lo que aguantaba. O cuando se pinchaba en la cina cina de la esquina frente a lo del indio Tabares.

Pa… En realidad lo que quería mostrar era la jugada del negro Cubilla en el mundial del 70, cuando le saca la pelota al ruso que la estaba protegiendo para que saliera del campo (nunca se supo si salió o no salió). Yo todavía lo veo en cámara lenta: el negro estira la pierna derecha, le cucharea la pelota hacia atrás, levanta el centro y… Golazo de Espárrago que aparece como un relámpago en el área y la manda adentro.

Nosotros estuvimos practicando esa jugada de todas las maneras posibles. Fue el primer mundial que vimos por televisión en blanco y negro, por supuesto, porque a la vuelta de mi casa en lo de Bentancurt habían comprado una. Éramos unos privilegiados.

​Aquel mundo fantástico

Éstos objetos realizados en arcilla comenzaron a surgir a partir de la decisión de aprender cerámica y comenzar a asistir al taller de Mariella Fierro en Lomas de Solymar (Ciudad de la Costa, Canelones, Uruguay), donde comencé a participar a partir de fines de 2013.

En algunas piezas hay también madera o metal de deshecho con algún uso anterior, trabajado en el galpón de Neptunia, bajo un monte de pitangueros, del otro lado del arroyo Pando, ya en la Costa de Oro.

Detrás, muy al principio, está, sin duda, el recuerdo del barro como elemento natural de juego en la infancia de los primeros años del sesenta. En los días de lluvia las canaletas de nuestra calle se transformaban, en nuestros ojos de niños, en arroyos, donde hacíamos represas con la greda roja de los costados de la calle de tierra. Unas pequeñas perforaciones dejaban salir potentes chorros hasta la siguiente presa construida; el agua, a esa altura caudalosa, iba a desembocar en la cañada Juan Pablo, una cuadra y media más abajo, ya a la altura de la carretera a Centurión, donde, cruzando ésta, se miraban el panadero Nuñez y el albañil Bordón frente a lo del turco Nasiff que tenia un colachata que hacía de taxi.

El curso de agua se desviaba hacia la izquierda. Los campos de Martinez con sus olerías y potreros. Y se perdía hacia terrenos con pocas casas y algunas cina cinas.

Estoy situando ese mundo al norte de la calle Ejido, en el entorno del campito de la capilla, donde se juntan los barrios Castagnet y Arpí, de la ciudad de Melo. (Pero, sacando al loco de la moto, ¡qué también!  podría ser cualquier lugar de la frontera, o porque no, igual del sur, como cantó el Sabalero del pantalón cortito corriendo panaderos.)

Es una mirada a aquel mundo fantástico de nuestros primeros años. Un viaje hacia atrás donde uno tiende a limar los bordes duros que lastiman. Aunque creo que fue una infancia feliz, en general, a pesar de las cosas que faltaban, porque también era un mundo más sencillo y las cosas necesarias eran menos.

Y, ¿por qué no? hay también, un intento de recordar a los «locos» entrañables del pueblo. O de reflejar escenas de años más acá, que se tornaron parte del paisaje, como las barras de las «pesquerías», o el motoquero que va y viene de Aceguá, de las últimas décadas, que es absolutamente de esa región del mundo.

El dibujo de gurises ¨arteros¨ se debe haber gestado también, por todo eso,  en las postales y objetos que a veces decoraban madera, cuero, hueso. Y, -con un poco de suerte- salían liberados de oscuros lugares maragatos.

 

Fredy Cabrera. Diciembre de…¡2016!